por Rodolfo Rapán
sábado, 27 de septiembre de 2003
Mucho se habló sobre la necesidad de aumentar la confianza en el sistema financiero como uno de los elementos fundamentales para su recuperación.
Existen medidas que impactan directamente sobre la base de información considerada por ahorristas y solicitantes de crédito al momento de tomar decisiones. Esa base de información se nutre tanto de los datos coyunturales del mercado al momento de decidir como de percepciones y experiencias recogidas en la relación de largo plazo entablada con las entidades financieras. Esas medidas en algunos casos provocan actitudes contrarias a las deseables para el desenvolvimiento de un sistema financiero sano.
Un ejemplo claro fue la pesificación de las deudas originalmente tomadas en dólares a un tipo de cambio de $1.00 por dólar, mientras la cotización de la divisa norteamericana llegó a tocar los $4.00 en los picos de la crisis. Al momento de tomar esos créditos, los clientes tenían la opción de solicitarlos en pesos o en dólares. El prestatario que tomó el crédito en pesos, pagando una tasa mayor, buscó evitar el riesgo de devaluación, adoptando de esta forma una actitud mas conservadora y de menor riesgo. Por otra parte, quien tomó el crédito en dólares, pagó una tasa menor y asumió un riesgo mayor por la posible devaluación de la moneda. Al llegar el momento de la devaluación y convertirse las deudas 1 a 1, el tomador en dólares se vio beneficiado dado que su riesgo se diluyó. El tomador en pesos sin embargo sintió que su actitud conservadora y su correcta evaluación inicial de los riesgos solo le trajo como resultado el pagar una tasa mas alta de interés sin beneficio alguno. Es probable que este último tipo de cliente, al volver a endeudarse se haya vuelto más “arriesgado” al momento de evaluar las condiciones del nuevo préstamo.
Algo similar ocurre con el actual proyecto de reestructuración de deudas hipotecarias. El mismo pone como condición necesaria para ser beneficiado de una baja de tasas y un aumento de plazos, que el crédito haya entrado en mora desde el 1 de enero de 2001 hasta el 2 de septiembre de 2003.
Que tipo de incentivo recibirá el prestatario que cumplió rigurosamente con el pago de sus cuotas en tiempo y forma, quien deberá seguir pagando probablemente una tasa mayor y en un plazo más corto.
A estas señales de “premio al mal comportamiento”, es lo que llamo incentivos perversos, motivadores de comportamientos más especulativos.
Seguramente el concepto sonará antipático para una persona que se ha quedado sin trabajo y al no poder pagar su crédito espera ser beneficiado por esta medida. No es el espíritu de este artículo alentar un castigo para ese tipo de personas, sino propiciar que en el caso de existir medidas como ésta, también se considere un “premio” para quienes cumplieron en forma adecuada.
Si queremos reestablecer un sistema financiero creíble y confiable, debemos evitar medidas que hagan que los “buenos clientes” sientan haber tomado la decisión equivocada, por haber hecho lo correcto.
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