lunes, 22 de diciembre de 2008
Fue un año extremo, en el que pasó de todo. Desde la venta de Bear Stearns hasta la caída de Lehman, pasando por el rescate de las hipotecarias hasta el más reciente salvataje para las automotrices
Cuando en 1992, la Reina de Inglaterra, Isabel II, transmitió su tradicional discurso de Navidad, no dudó en calificar aquel año de “annus horribilis”: sus dos hijos (los príncipes Carlos y Andrés) se habían separado (con todo el revuelo mediático que trajo) y parte del castillo real de Windsor se había quemado en un incendio. En momentos de hacer el balance de 2008, que estuvo signado por el incendio que afectó al sistema financiero internacional, este año también merece el calificativo de “annus horribilis”. He aquí una galería de catástrofes que, al estilo de las siete plagas de Egipto, se abatieron sucesivamente a lo largo de 2008 sobre operadores, analistas, inversores, ejecutivos y el resto de la economía mundial.
Si bien la crisis subprime no se originó a principios de este año, sino que comenzó en agosto de 2007, con la llegada del año nuevo la situación de los mercados internacionales no hizo más que agravarse. El año 2007 había terminado con la angustia de comprobar que los planes de estímulo económico que lanzaba el Presidente Bush no generaban confianza en los operadores. Y en enero no les fue mucho mejor a los mercados: los balances trimestrales de los grandes bancos (en ese momento todavía existían los bancos de inversión) registraban cuantiosas pérdidas. Esta situación se vio reflejada en las fuertes caídas que sufrieron las bolsas el 21 de enero (la mayor desde el 11 de septiembre de 2001) y el 17 de marzo, luego de que se diera a conocer la noticia de que Bear Stearns era comprado por JPMorgan para evitar su quiebra, con la ayuda de la Reserva Federal. En abril, el FMI estimó el costo de la crisis en casi un billón de dólares, 10 veces más que el cálculo inicial de Ben Bernanke, presidente de la Fed, de julio de 2007. Hoy, ese cálculo quedó pulverizado: las últimas estimaciones hablaban de un costo de u$s 4,5 billones y seguramente los números terminarán mucho más arriba.
Si bien la crisis financiera se tomó un respiro en mayo, sus efectos en la economía real fueron cada vez más amplios, con un impacto directo en la tasa de inflación. El precio del barril de petróleo alcanzó a mediados de julio niveles históricos récord, empujado por el bajo valor del dólar, fruto de la política de tasas bajas de la Fed. La recesión comenzó a perfilarse en el horizonte de EE.UU. y Europa, con caídas en el nivel del consumo y un desempleo creciente. Julio no fue un mes fácil para los mercados: la quiebra de la hipotecaria Indymac fue el preaviso de lo que avecinaba en el sector. A principios de septiembre, el gobierno estadounidense tuvo que salir a rescatar a las dos mayores hipotecarias, Fannie Mae y Freddie Mac, para evitar que la crisis se saliera de cauce definitivamente.
Pero lo peor estaba por venir: el 15 de septiembre, el gobierno de EE.UU. decidió cambiar de estrategia y dar una señal fuerte a los mercados de que no se iba a rescatar a todas las entidades. El resultado fue la quiebra de Lehman Brothers, una de las joyas de las finanzas estadounidenses. Luego del anuncio, las bolsas entraron en pánico, lo que obligó al gobierno a volver sobre sus pasos y rescatar un día después a la aseguradora AIG, también al borde del precipicio. Si julio fue difícil, septiembre se convirtió en un infierno: los principales bancos centrales tuvieron que inyectar liquidez en niveles récord y en una medida inédita por lo desesperada, se prohibió la venta a descubierto (short-selling) en las bolsas de Londres y Nueva York, como forma de evitar que las caídas se profundizaran.
Como fue la tónica durante todo este año, a cada paquete de ayuda económica anunciado por el gobierno estadounidense, le siguió una reacción hostil de los mercados. Y al paquete diseñado por el Departamento del Tesoro (Plan Paulson) de u$s 700.000 millones para comprar activos de entidades financieras en problemas le siguió una brutal caída de los mercados: el lunes 6 de octubre se registró una baja de más de 300 puntos en el índice Dow Jones, señal de que el esfuerzo del gobierno no alcanzaba. Es así como se profundizaron las medidas de ayuda al sistema financiero entre los miembros del G-7, con mayores bajas en las tasas y la inyección de más liquidez en los mercados.
Entre tantos coletazos, noviembre mostró una importante señal política con la cumbre del G-20 en Washington, que por primera vez sentó en la mesa de los grandes a países emergentes como Brasil, China, Rusia y la India. Y cuando todo parecía calmarse luego de las elecciones presidenciales en EE.UU., dos nuevos sucesos sacudieron la calma (aparente) de los mercados: la telenovela del rescate de la industria automotriz y el desfalco de Bernard Madoff.
Hoy todavía es demasiado prematuro para medir el real impacto de la estafa cometida por el ex presidente del Nasdaq (calculada en más de u$s 50.000 millones). Por lo pronto, la Securities and Exchange Commission, que regula los mercados en EE.UU., busca cómo sobrevivir al escándalo, que se fue cocinando durante años al calor de su pésimo control. Y si bien el sector automotor todavía no puede cantar victoria, sí puede respirar aliviado por el paquete de ayuda que le acaban de otorgar por u$s 17.400 millones.
Fuente: El Cronista
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