Ahorristas argentinos: un máster en crisis y corridas

lunes, 03 de noviembre de 2008

A lo largo de décadas de turbulencia, los inversores locales aprendieron a tomar medidas ante las crisis. El dólar se constituyó en el refugio preferido ante la incertidumbre.

Aún no se puede saber cuál será el final de la actual crisis internacional ni cuál será su impacto en la Argentina. Pero si de algo se puede estar seguro es de que no será la última, de que algún día habrá otra, de que se iniciará en algún rincón del planeta y de que luego, con una velocidad que se incrementa exponencialmente, se contagiará generando pánico. Así fue, es y será desde la crisis holandesa de los tulipanes por 1630.

Lo cierto es que las crisis globales han afectado el día a día del ahorrista argentino. Claro que no siempre las consecuencias se sintieron con la misma intensidad. Por ejemplo, en 1987, el desplome bursátil récord de Wall Street pasó inadvertido por estas latitudes. En cambio, otras crisis mundiales, como la petrolera de 1973 o la de la deuda latinoamericana de 1982 se sintieron con fuerza.

En general, los especialistas se animan a decir que recién con el Tequila de 1995 los inversores minoristas sintieron el temblor del mundo en sus bolsillos, ya que el golpe recibido por los distintos instrumentos de inversión fue bien palpable.

Y, en otras ocasiones, los cataclismos internacionales contribuyeron a agudizar los problemas nacionales, como las crisis que estallaron con regularidad cada tres años durante una época -1952, 1956, 1959, 1962, 1966-y que fueron puntualmente seguidas por planes llamadas de estabilización, que recogían las normas estándares del Fondo Monetario Internacional.

Pero no hay que ser injustos: en muchas ocasiones, lo que sucedía fronteras afuera funcionó positivamente y les permitió a los inversores argentinos aprovechar ciclos económicos positivos, como el que se vivió a partir de 2002. Básicamente, el sostenido aumento de los precios de los commodities, especialmente aquellos ligados a la actividad agropecuaria, generaron ingresos adicionales que no sólo equilibraron las cuentas públicas sino que colaboraron con las subas de ciertos instrumentos financieros como las acciones relacionadas con el petróleo, los pools y fideicomisos ligados a la siembra.

En cualquier caso, los problemas económicos, locales o foráneos, contribuyeron a desarrollar una “sabiduría” autóctona para defenderse de los shocks, que se fue vistiendo de acuerdo a la ocasión: la dolarización inmediata de los portafolios, la inversión inmobiliaria, la fuga de depósitos a plazas seguras, o, para los más arriesgados, el desarrollo de los reflejos necesarios para aprovechar subas intempestivas de las tasas de interés o un sexto sentido para detectar devaluaciones. Este fenómeno es muy evidente hoy, en contraste con el estupor que parece dominar a los ahorristas de países acostumbrados a una vida más estable. Como dice Julio Samboya, veterano operador bursátil: “El inversor argentino es uno de los más conocedores del mundo. Han sido tantas y tan diversas las crisis que su nivel de conocimiento sobre el funcionamiento de los mercados financieros es muy alto”.

Fuente: El Cronista