Políticas monetarias

Cuando los bancos centrales olvidan la naturaleza del dinero

jueves, 16 de diciembre de 2010

Las paradojas monetarias van camino a convertirse en un ícono tan representativo de la Argentina como el dulce de leche colonial.

Para rematar un 2010 que las tuvo en cuantía generosa, las últimas de las postales financieras revela que la demanda de papel moneda en la Argentina ha trepado tanto que sus poseedores debieran llamarse afortunado por tener algún humilde billete violeta con la cara de Julio A. Roca. Cualquier observador de a pie no presentaría reparos en elogiar tamaña muestra de pujanza económica y propensión al consumo. Sin embargo, es muy probable que, si el Gobierno no se las apañara tan bien para entorpecer el acceso a otros activos que compiten con el peso, esa demanda de billetes sería mucho menor y aquellos con posibilidades de diversificar, no se verían perseguidos a eludir la inflación gastando esos pesos y, por lo tanto, demandando esa moneda.

Para la economía, nada es nuevo. Los primeros abordajes mostraban que el dinero era demandado –y el público estaba dispuesto a entregar bienes para obtenerlo– no por lo que el billete era en sí, sino por lo que éste podía comprar. Pero para poder comprar, el dinero tenía que ser demandado. Dicho de otro modo, la gente estaba dispuesta a entregar bienes para obtenerlo. Este razonamiento fue abordado por el economista Ludwig von Mises, quien advertía que el dinero tenía que ser algo que tuviera un valor intrínseco, es decir una utilidad directa, para ser demandado. Decía Mises que, más tarde, el público iría teniendo más y más en cuenta el valor de cambio de ese activo antes que la propia utilidad directa que el mismo pudiera reportarle.

Mises da a luz entonces “el teorema regresivo del dinero” que postula que la gente demanda dinero por la experiencia histórica de lo que pudo comprar. Así, es el propio dinero el que entusiasma (o no) y genera mayor o menor demanda. Pero un punto central que la teoría se salteó fue la expectativa futura del que tiene billetes en el bolsillo: “¿Cuánto podré comprar con este dinero?”.

El strip-tease del Gobierno

En este punto es donde ‘el príncipe’ se queda desnudo. Dicho de otro modo: es fácil descubrir la funcionalidad que representa el monopolio del dinero: para el Gobierno el dinero resulta un medio de cambio generalmente aceptado que no es una mercancía, ni un título representativo de una mercancía, sino un papel que jurídicamente no obliga a nada a su emisor (el Banco Central) y al que las autoridades, mediante miles de artilugios, concederán la facultad de sofocar las deudas.

Un paso a paso del razonamiento operaría de esta manera: el papel moneda era, en su origen, un título-valor que representaba la obligación de su emisor, normalmente un banco, de entregar una determinada cantidad de oro cuando se lo presentara. En algún momento el público se acostumbró a utilizar el dinero más allá del respaldo. Cuando esto ocurrió, y por obra del ingenio del príncipe, el emisor comenzó a darse el lujo de incumplir ese respaldo.

El lado flaco de este esquema hizo pie entonces en la inflación, que es cuando el emisor imprime dinero –con objetivos que pueden ser comprensibles e incluso buscados– pero la gente empieza a otorgarle menor confianza lo que hace descender el valor de dicho papel moneda. Para que esto no pase a mayores, hoy los Gobiernos disponen de toda una serie de medidas que alientan (o no) la utilización de ese dinero y que influye en el público. Pasando por las limitaciones a la compra de activos que compiten con el billete, e incluso impulsando una política que alienta el consumo y no el ahorro, es decir la utilización de ese dinero y no su atesoramiento, se deshace en parte el efecto negativo sobre la demanda de dinero.


 

Fuente: El Cronista