Política monetaria
lunes, 30 de agosto de 2010
La mayor parte de las estimaciones empíricas modernas sobre la demanda de dinero por parte de una sociedad derivan de la formulación sobre oferta y demanda monetaria que realizó John Maynard Keynes en 1936 al publicar la célebre “Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero”.
Desde su óptica, la demanda de dinero es una demanda de saldos reales. Es decir, la gente demanda moneda local por la cantidad de bienes y servicios que puede adquirir con ellos. Esta es la variable a seguir. No importa tanto de cuánto dinero se trata en términos nominales. Resulta curioso que las autoridades del BCRA al explicar el por qué de la ampliación del programa monetario –que los habilita a emitir $ 20.000 millones más este año– hayan pasado por alto este detalle.
Como cualquier otro bien, el precio del dinero se determina por la ley de la oferta y la demanda. La misión de todo banco central en el mundo es adecuar la oferta frente a los cambios en la demanda, para alcanzar los objetivos establecidos por las autoridades. Así, con la demanda constante, si pretende estimular la economía expande la oferta monetaria. Y si considera que el nivel de actividad está recalentado (peligro de inflación) la contrae.
Al explicar las causas que llevaron a expandir las metas monetarias de este año, la presidenta del BCRA Mercedes Marcó del Pont puso el acento en que la economía está creciendo a un ritmo en torno al 9% interanual, cuando en las estimaciones originales (confeccionadas casi un año atrás por su antecesor Martín Redrado) estaba prevista una expansión del nivel de actividad del 2,5% interanual.
Tiene lógica el argumento en tanto la demanda de dinero (según la formuló Keynes y sus desarrollos posteriores) en la mayoría de los modelos que utilizan los banqueros centrales depende de dos variables: un factor de escala (en general el PBI o el consumo, que es la demanda para realizar transacciones) y otra variable que determina el costo de oportunidad por tener dinero (lo que se deja de ganar) en lugar de tener otro activo que genera renta (en la mayoría de los casos una tasa de interés promedio del sistema financiero y es la demanda con fines especulativos).
Así, si el PBI apunta a crecer este año más de lo previsto, es evidente que la economía requiere mayor cantidad de moneda local para “aceitar” el engranaje de la producción. Hasta aquí la exposición oficial sigue la siguiente lógica: se expande el producto, ergo la demanda de dinero aumenta más de lo previsto, y por lo tanto (si la intención es convalidar esta expansión) hay que adecuar la oferta monetaria, también incrementándola.
El argumento se apoya en los “movimientos” de la demanda de dinero. Que ciertamente es una variable extremadamente volátil, y más en un país como la Argentina, propenso a los cambios de regímenes monetarios y que aun funciona con un sistema parcialmente bimonetario, donde el peso cumple las funciones de medio de cambio (sirve para hacer transacciones) y unidad de cuenta (la mayoría de los precios están establecidos en pesos); aunque el dólar continúa complementándose con la moneda local a la hora de cumplir la tercera de las funciones del dinero: reserva de valor (como ahorro).
La historia oficial
Pero la demanda de dinero explica la mitad de la historia. ¿Obvió, ignoró, o evitó Mercedes Marcó del Pont pronunciarse sobre la oferta de dinero? Una explicación alternativa o complementaria a la oficial, pero no “políticamente correcta” por cierto, hubiera sido que no sólo la demanda de dinero aumentó por la expansión del PBI sino que al mismo tiempo la oferta de dinero –que como detalló Keynes hace 74 años es una oferta en términos reales– ha resultado insuficiente para satisfacer a la demanda porque la inflación verdadera (no la que supervisa el secretario Guillermo Moreno) es al menos del doble que la anunciada públicamente por el Gobierno.
En términos más llanos: con los precios subiendo al 25%, la gente demanda más dinero porque para llenar el mismo changuito del supermercado requiere ahora (en relación a 12 meses atrás) un peso más por cada cuatro gastados. En este contexto, la oferta de dinero estipulada estaba condenada a “quedarse corta” bajo la premisa K de evitar cualquier medida que suene a ajustar o contener algo. Inclusive si se trata de la inflación. .
Fuente: El Cronista
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