Opinión

El Banco Central y un combo fastidioso

miércoles, 05 de mayo de 2010

Consolidado el cambio de autoridades en el Banco Central (BCRA), recomendamos reformular algunos instrumentos -de programación y de estimación- que aplica aquél.

 os referimos especialmente al programa monetario en base al objetivo del M2 (PMM2) y al tipo de cambio real multilateral (TCRM). Estos elementos, articulados en el período anterior, creemos, oscurecen más de lo que esclarecen, los temas sustantivos en juego.

En su caracterización, el PMM2 expresa un programa monetario que persigue una meta anual de expansión de la cantidad nominal de dinero, ligada al agregado M2. Si la cosa se toma en serio, la óptica exhala un tufillo monetarista o cuantitativista: referir un objetivo, “exógeno”, de cantidad de dinero. Así, la lógica indicaría que, cumpliéndose la meta aludida, se daría cauce a la inflación.

Sabido es que la visión cuantitativista retrocede en el mundo (sí, se habla de vigilar la dinámica del crédito por posibles burbujas). La aplica en parte el Banco Central Europeo, con su enfoque de los “dos pilares”. De todos modos, la meta nominal que emplea equivale a sólo la cuarta parte de la nuestra. Además, esta última es maleable vía deslizamientos entre M2 y M3.

Corolario: la meta de cantidad de dinero de nuestro programa monetario, en tanto tal, pinta muy laxa como para creer que surte un palpable efecto disciplinante en materia de inflación. Más bien, parece acomodarse a las presiones inflacionarias que propulsan otros resortes y variables.

En rigor, bajo la óptica del modelo competitivo productivo, desdibujado ahora, la inflación no es una ocupación solitaria del Banco Central por la vía monetaria y/o cambiaria. A la postre, lo preferible sería archivar la concepción examinada de programa monetario, y entender que éste es, más bien, la decantación (dato endógeno) de la articulación de la sintonía fina de la demanda (incluido lo fiscal), de la política de ingresos, de la visual sobre el producto potencial y de la asunción de una meta de inflación creíble, “no ortodoxa”. En un marco así, fungirían la esterilización monetaria y las tasas. El programa monetario es más una resultante que un determinante. Lo que reenvía a un planteo antiinflacionario explícito basado en la severa coordinación macroeconómica.

Por su lado, el TCRM, como se lo concibió, carece de representatividad cabal para abordar una estimación plausible de la paridad real. Traduce una canasta de monedas atendiendo a la orientación de los mercados, pero subestima claramente la incidencia en ella del dólar americano (vgr., no computa los commodities, que “son” en dólares), arriesgando caer, de paso, en la enfermedad holandesa. Sobreestima la gravitación del Real brasileño, siendo que impera en el caso una asociación económica que relativiza la influencia cambiaria normal (encima, se insinúa, bien medida, una apreciación real bilateral molesta de nuestra moneda). Es poco sensible en materia de “competitividad cruzada” (o sea: nuestro posicionamiento en terceros mercados, pujando con otros competidores). Y, obvio, no convence al usar como deflactor al índice al consumidor del Indec, corto en credibilidad.

En rigor, la economía argentina, mientras desenvuelve un ciclo económico positivo, presenta un “combo” fastidioso no trivial: pronunciada inflación efectiva y progresiva pérdida de paridad cambiaria real (véase que la paridad cambiaria de equilibrio desarrollista se fijaría en teoría hoy a $5 por dólar). La sustentabilidad de ese ciclo reclama resolver ese combo. Naturalmente, no caben soluciones aisladas del tipo “devaluación al boleo”. Pero, al combo hay que encararlo y no ignorarlo. Entonces, convendría aplicar una estrategia macroeconómica integral al respecto, combinando una mayor estabilidad de precios con la reafirmación en términos paulatinos de una paridad cambiaria competitiva sin eufemismos. Pero, para esto, el atenerse como guías al PMM2 y al TCRM, aporta poco. Mejor sería prescindir de ellos, aplicando reformulaciones más probas y eficaces.

Fuente: El Cronista