El mundo financiero transmite calma para que no choquen la calesita de la economía

jueves, 25 de febrero de 2010

Si bien hay quienes sostienen que el optimismo, en la Argentina, es sólo para pesimistas recalcitrantes, una corriente que banderea a diestra y siniestra pragmática serenidad parece haber llegado para quedarse. Lejos del sciolismo –movimiento que postula “mirar para adelante” pero que carece del revisionismo histórico necesario–, esta casta de hombres reflexivos a ultranza ha cometido el peor de los pecados del tirabombismo K: esgrime con datos fehacientes, que la economía y las finanzas están sanas y que, por ende, no será necesario echar mano de los u$s 6.500 millones del Fondo del Bicentenario (FBIC).

El grupo está compuesto por banqueros, empresarios, economistas, políticos, opositores (y calesiteros). Ellos sostienen que es improbable que las cuentas públicas no cierren. Y además confiesan el interés ulterior que empuja esta consigna: como las proyecciones hasta resultan alentadoras sin los recursos tomados del FBIC, el Gobierno intentará mostrar que está dispuesto a “chocar la calesita” con la intención de poner (y ponerse) entre la espada y la pared para que le faciliten estos fondos. Para algunos observadores, el primer gesto de esta arriesgada hipótesis se tuvo esta semana. El aumento de 23,5% dispuesto por la presidenta Cristina Fernández en la paritaria nacional docente se convirtió en un gran dolor de cabeza para los gobernadores. Pero la mayor preocupación en el mundillo financiero es que, con ese piso salarial, las expectativas de futuras negociaciones buscarán ubicarse incluso por encima de esa alícuota.

Si bien desde la teoría económica un aumento salarial no es causa sino consecuencia de la inflación, una renegociación tan generosa por parte de la Casa Rosada bien puede retroalimentar el cuco inflacionario. La especulación es que el Gobierno se asegura así la necesidad de contar con los u$s 6.500 millones.

Por eso hoy, el énfasis de algunos intercambios intelectuales que tienen lugar a hurtadillas entre el sector financiero, económico y político, está puesto en demostrar que “la economía no está tan mal” para no abonar la teoría del crash financiero calesiteril. Una mirada a los informes que se dan a conocer muestra que, en el peor de los casos, el Gobierno tiene recursos hasta agosto del corriente sin entrar en un rojo.

Bajo un supuesto (realista) de que el gasto público creciera 23% con respecto a 2009 y que los ingresos, – incluyendo adelantos transitorios, roll over de la deuda interna, canje, etc.– trepara 22%, en el saldo final la cuenta arrojaría un déficit de apenas u$s 800 millones. Lo intrincado del asunto es que el presupuesto aprobado en el Congreso estima un crecimiento del gasto primario para 2010 de 2,1% (no realista) cuyo monto asciende a $ 236.243 millones, versus un total de ingresos estimados de $ 237.749 millones. Como los ingresos son estimados, hay quienes proyectan que serían sensiblemente mayores. De la misma forma, nadie duda que el gasto público será 10 veces más grande que el que se aprobó.

Una ayudita para mis amigos

Pero aquí viene el intríngulis: uno de los puntos sensibles que ha movilizado a algunos popes financieros, es que el gasto primario aprobado en el Congreso responde a una cifra nominal (no un porcentaje) por lo que cualquier variación debe ser convalidada en el mismo Congreso. El interrogante que hoy se hace el “club de los pragmáticos optimistas”, es si los diputados y senadores que deberán aprobar la modificación del presupuesto se “asociará” con el Gobierno en las ganancias que generan una economía lanzada a fuerza de gasto público e incrementos salariales, pero se pasará por alto que en dos años, el nuevo gobierno pagará el costo de semejante festín que finalmente terminará financiando la sociedad.

Hay quienes tienen miedo de que los u$s 6.500 millones terminen retroalimentando la inflación y por eso se esmeran para que la discusión sobre inflación y gasto público en el Congreso tenga lugar hoy y no en agosto.

Lejos de la teoría del caos

y más cerca de una transición sin grandes catástrofes, están los que porfían en las virtudes de mantener la expectativa en alto y un pragmatismo orientado al orden, método, paciencia y responsabilidad en la administración de la cosa pública. Toda una primicia.


 

Fuente: El Cronista