Sólo habrá crédito barato cuando ahorrar en pesos no resulte tan “caro”

lunes, 08 de febrero de 2010

¿Usted tiene confianza? Si tiene, entonces, por favor, deme tres paquetes, pero que estén frescos... Ah, me olvidaba, córteme 200 gramos de ahorro en fetas gruesas y 300 gramos de plazo fijo, en dólares. ¡Es que a mi mujer, si no es así, no le gusta ahorrar... !

Sólo 2 de cada 10 familias pueden ahorrar en la Argentina. Y de ese ahorro, poco o nada llega al sistema financiero. Si a ello le sumamos que 1 de cada 2 pesos que se depositan en el sistema financiero vence en exactamente 24 horas, ¿puede hablarse de prosperidad? ¿Confianza?

Sin confianza no hay ahorro. Sin ahorro no hay crédito. Sólo así, alguien que gana en pesos argentinos puede llegar a pensar en postergar su consumo o dejar de convertirlo en dólares. La inflación, ese impuesto regresivo que cobra el Gobierno, no ayuda sino que entorpece estas alternativas, pues nadie que tenga como expectativa de inflación un 20% de incremento en los precios piensa en cruzarse de brazos para asistir al momentum horribilis.

En todos los casos, el ahorro no es algo que pueda reemplazarse con emisión monetaria desde el Banco Central. En los últimos días trascendió que su flamante titular, Mercedes Marcó del Pont, pondría en marcha una serie de líneas crediticias con recursos de la entidad rectora. Esta misión despierta, como mínimo, algunos interrogantes.

Sin ahorro mal puede haber crédito; sin ahorro depositado a mediano y largo plazo, mal puede haber crédito barato.

Si se emite dinero para llevar adelante estas líneas crediticias, entonces se generaría inflación (más), con lo cual se aceleraría el proceso de suba de precios y, uno de los efectos más nocivos, la caída del salario real.

Si hoy usted cobrara $ 1.000, seguramente por su cabeza pasaría algunas de las siguientes opciones: 1-Cancelar alguna deuda; 2- Comprar algo, desde un eroticus solomillo de cerdo, hasta un mega teléfono móvil; 3- Depositarlo en pesos en el banco; 4- Comprar dólares y guardarlo debajo del colchón o vía-buquebús.

Probablemente de todas las opciones, la primera que usted descartaría de plano sería la 3.

Suponiendo que desde la gestión pública uno quisiera impulsar el crédito, lo primero dentro de un esquema que no pretenda generar inflación sería incentivar los depósitos y que resulte más tentador colocar esos recursos a plazo en el sistema (con una tasa de interés atractiva) antes que darle otros destino.

Lo que viene

Especulando con que después de la reforma financiera que quiere llevar adelante el Gobierno los bancos estuvieran invitados a prestar una gran parte de los recursos que tienen en depósitos a 24 horas (transaccional) o incluso a plazo (60 días el promedio), y que este préstamo fuera a 10 años, ¿qué pasaría si una buena parte de los depositantes corrieran a buscarlos?

En muchas partes del mundo, el financiamiento a mediano y largo plazo es función del mercado de capitales, que está constituido por el ahorro de la gente que compra acciones, bonos y, lo más importante, emisiones que hacen los bancos con los créditos que dan por ventanilla. Así, el inversor del mercado de capitales financia el instrumento estructurado por el banco que a su vez financia al tomador del crédito. Pero en nuestro país el mercado de capitales está en terapia intensiva. La salida de inversores institucionales como las AFJP, la ausencia de esos fondos por parte de la ANSeS que ahora se utilizan para financiar gasto corriente, y la falta de recursos volcados a invertir en cheques, fideicomisos, bonos e incluso acciones de las familias, muestra que esta fuente de financiamiento es cada vez menos capaz de asistir a la economía.

A ese cuadro se suma la fuga de divisas: en los últimos dos años se fue el equivalente a lo que (dicen) tiene el BCRA: u$s 48.000 millones.

Nadie duda que además de las gestiones para reformar la Carta Orgánica del BCRA -y poder así utilizar esos recursos para fines varios, incluso para imponer una tasa testigo- el Gobierno empujará una reforma del sistema financiero que hará de los bancos los proveedores de un servicio público del que, por cuestiones de desconfianza, carece la economía (crédito) y que también hará de la tasa de interés, un precio controlado. Amén de las implicancias inflacionarias de la primera medida, la puesta en marcha de la reforma financiera exigirá que los bancos muestren una política de préstamos activa que en muchos casos no se daría en forma natural por los factores arriba citados. Esto supone imaginar un escenario con tasas de interés bajas (reguladas) en un contexto de inflación creciente y posiciona claramente al dólar como alternativa de los ahorristas.

Es conocida la defensa de Marcó del Pont del tipo de cambio competitivo y el rol que espera darle a la banca como financista del sector productivo y agente involucrado en el crecimiento, pero no debiera pasarse por alto el contexto en el que se deberán llevar adelante estas políticas, con inflación creciente, baja confiabilidad, incertidumbre, poca inversión, menos ahorro y un mercado de capitales inexistente. Apostar por poner en caja a la inflación y generar confianza debieran ser las prioridades. El ahorro (y el crédito) llegan solos.
 

Fuente: El Cronista