lunes, 07 de septiembre de 2009
El polémico “impuesto Tobin” para frenar las inversiones financieras especulativas, que había sido despreciado por los expertos durante los últimos 30 años, volvió a estar en la consideración del Banco de Inglaterra
Necesita el mundo un impuesto Tobin global? Esta es la pregunta que resuena en los círculos financieros de Londres. Hace unas tres décadas, el economista James Tobin propuso crear un impuesto a las transacciones financieras para desalentar la especulación cambiaria de corto plazo, que puede causar cambios bruscos en los tipos de cambio sin relación con los fundamentals de las economías.
Desde entonces, pocos funcionarios osaron mencionar la idea porque parecía totalmente fuera de moda. Pero el mes pasado Adair Turner, presidente de la Autoridad de Servicios Financieros de Gran Bretaña (FSA, por su sigla en inglés), participó de una mesa redonda organizada por la revista Prospect y sugirió un nuevo “debate sobre Tobin”.
No es sorprendente que esto haya llamado la atención. Sin embargo, lo realmente interesante de lo que sugiere Turner es el impulso intelectual más amplio que está detrás de la idea, porque el presidente de la FSA está cada vez más convencido de que los funcionarios occidentales encargados de fijar políticas públicas están ante una divisoria de aguas intelectual.
Turner sostiene que, en los últimos años, “toda la teoría de los mercados eficientes, el consenso de Washington, el sistema de desregulación del libre mercado” era tan dominante que podía decirse que resultaba casi una “religión”. Esto dio origen a una “orden de captura regulatoria a través de la corriente intelectual” del momento, lo que permitió que el lobby bancario creciera muchísimo en dimensiones y poder. Ahora, según dice el funcionario, “una conmoción muy básica afectó la hipótesis de los mercados eficientes que estaba grabada en el ADN de la FSA y de otros entes reguladores bursátiles y bancarios de todo el mundo”. De ahí que ya no se confíe en “la idea de que los mercados más completos son mejores y los mercados más líquidos son buenos por definición”.
Durante el debate de Prospect (en el que también participé) Turner llegó a la conclusión de que esta crisis “requiere un proceso de reconstrucción significativo del sistema regulatorio financiero global, y no un simple ajuste”. Hay que reflexionar sobre estas palabras. Turner ha trabajado antes en la consultora de empresas McKinsey, que ha sido un evangelista en la difusión del credo del valor para el accionista, la competencia de libre mercado y el capitalismo financiero. Pero ahora él cree que la brújula o biblia intelectual que ha guiado a la FSA –y a McKinsey– estaba equivocada. Un cínico podría decir que esto es una pose política.
Después de todo, la FSA ha enfrentado críticas por no mostrarse más dura en lo que respecta a los bonus que pagan los bancos y está defendiéndose de quienes proponen ponerla bajo la órbita del Banco de Inglaterra. Pero los comentarios de Adair Turner constituyen una señal de los nuevos tiempos y plantean una pregunta crucial: ¿qué tipo de marco intelectual deberían usar los reguladores occidentales si resulta que su brújula era defectuosa?
Lamentablemente, Turner no ofrece respuestas fáciles, aunque tiene muchas ideas que cree deben ser debatidas por políticos y reguladores. Por ejemplo, le gustaría considerar la aplicación de más controles a la innovación financiera y la revisión del dominio de mercado y la actividad de fijar precios en el sector financiero mayorista. Pero esas ideas no representan, en realidad, un manifiesto; en cambio, Turner enfatizó que los reguladores “todavía están tratando de decidir qué hacer después del desmoronamiento bastante total de una teoría dominante en la economía y las finanzas”.
Sin duda, esta posición agnóstica indignará a algunos (o confirmará la impresión de que los reguladores no tienen poder). Pero esa podría ser la respuesta incorrecta. Después de todo, el problema real de las finanzas en las últimas décadas no es que los funcionarios y los inversores usaran teorías económicas y financieras defectuosas, sino que las usaran de una manera tan ciega que a veces parecía que se les había desconectado el cerebro.
Organismos como la FSA, por ejemplo, habían aceptado de manera tan absoluta las ideas de la eficiencia del mercado que sólo intervenían cuando era un caso claro de fracaso del mercado. De la misma manera, los inversores estaban tan obsesionados con las estrechas y cortoplacistas definiciones del valor para el accionista que, al igual que los reguladores, con frecuencia parecían actuar en piloto automático. Pero nunca habrá un sistema intelectual completo que explique cómo los sistemas financieros “deberían” funcionar ya que las ideologías siempre están arraigadas en estructuras de poder cambiantes. Y de la misma manera que el viejo modelo intelectual resultó ser imperfecto, cualquier nueva “teoría” que lo reemplace tendrá también sus limitaciones. Lo que se necesita ahora son funcionarios públicos, políticos, inversores y directivos bancarios dispuestos a utilizar sus cerebros y seguir rehaciendo las políticas a medida que el mundo evoluciona.
Esta no es una idea fácil de vender. Después de todo, como señaló Turner, es atemorizador, agotador y demanda mucho tiempo moverse por el mundo sin una brújula confiable. “A los reguladores del mundo, aceptar que no tienen el marco intelectual que les dice que ‘más mercado es siempre mejor’ los deja en un territorio mucho más inquietante, porque no tienen un sistema intelectual que sea marco de referencia de cada una de sus decisiones”.
Todavía no está claro si Turner podrá convertir su retórica en políticas, dada la reacción que sin duda habrá ante sus comentarios, pero yo considero que hay que aplaudirlo por tratar de pensar lo impensable, y por alejarse de una dependencia sin matizar de los distintos credos.
La cuestión es ver si otros reguladores lo seguirán, no sólo en Europa sino también en Estados Unidos, donde surgieron tantos de los dogmas del libre mercado.
Fuente: www.cronista.com
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