La mora de las tarjetas en Estados Unidos duplica a la de Argentina

viernes, 28 de agosto de 2009

El nivel de morosidad en ese país en julio se ubicó en un nivel máximo del 13,8%, frente al 6,4% informado por el BCRA para tenedores locales.

La grave crisis económica que está castigando a los consumidores estadounidenses, que antes se endeudaban alegremente, así como la vigilancia más estrecha por parte de los organismos de control, van a obligar a los emisores de tarjetas a repensar su modelo de negocio a medida que la economía vaya recuperándose.

Desde que Bank of America introdujo por primera vez el plástico para operaciones de consumo en 1958, en California, la industria ha crecido vertiginosamente y actualmente acumula alrededor de u$s1 billón en créditos renovables, de los cuales el 70% corresponde a cuentas en ese país.

En forma paralela a este crecimiento, durante el periodo de prosperidad económica, de 2005 a 2008, la fiesta del consumo alimentada por el crédito al consumidor hundió la tasa de ahorro de EE.UU. a prácticamente cero.

Con la crisis, sin embargo, esta comenzó el lento camino de la recuperación, y ya ronda el 7%, impulsada en parte por el pago de estímulo financiero hecho por el Gobierno a los contribuyentes el año pasado.

“Aunque no haya cambios en la legislación, las compañías de tarjetas de crédito van a introducir modificaciones en el sistema de préstamos. Ellas ya están estrechando la concesión de créditos y elevando las exigencias porque el riesgo también ha aumentado”, observa Nicholas Souleles, profesor de Wharton.

La caída actual del crédito al consumo se debe, en parte, a los mayores requisitos por parte de las emisoras de tarjetas, que se ven presionadas por una tasa de incumplimiento superior a un 8%, dos veces más que el porcentaje registrado en 2006.

Al mismo tiempo, la demanda ha disminuido, ya que el consumidor está menos dispuesto a asumir deudas debido a la incertidumbre en relación al valor de su casa y de otros activos, además de la inseguridad relativa a su permanencia en el puesto de trabajo.

Los niveles de mora mejoran pero de la mano del gobierno

Luego de un rally ascendente más que preocupante, en julio la tasa de incumplimiento de pagos de tarjetas de crédito dio las primeras señales de estabilización.

Para los analistas, este es un síntoma de que la posición financiera de los consumidores habría tocado su piso, pese al desempleo y la crisis de la vivienda.

En tal sentido, Bank of America anunció el lunes que los incumplimientos de tarjetas de crédito en julio se mantuvieron prácticamente sin variación, tras varios meses de profundo deterioro, según consigna Reuters.

El banco, que es el de mayores tasas de incumplimiento y morosidad entre los emisores de plásticos, dijo que su tasa de incobrables, se estabilizó en el 13,8%, un valor similar al del mes anterior.

"Se ve como si avalara lo que escuchamos en las conferencias del segundo trimestre, de que las cosas parece que se están volviendo marginalmente mejores -y subrayaría marginalmente- por el lado del consumidor", dijo Nancy Bush, fundadora de NAB Research, sobre Bank of America.

"Hay un temor estacional. Hay también un temor más legítimo de que estamos terminando la primera ola relacionada con las hipotecas de alto riesgo y ahora estamos entrando a una segunda ola relacionada con las pérdidas de la recesión", añadió.

JPMorgan Chase, Citigroup y Discover Financial Services también informaron que los niveles de incobrabilidad se mantuvieron o que cayeron levemente.

El más optimista de los reportes fue el del primero, que indicó que los incumplimientos cayeron por segundo mes consecutivo al 7,9%, desde el 8%, mientras que la tasa de incobrables de Citigroup retrocedió al 10,0%, desde el 10,5%. La tasa de incumplimiento de Discover cayó al 8,4% desde el 8,8 por ciento.

Lo llamativo de todos estos anuncios es que los hacen envueltos en un clima de euforia, cuando las mejoras sólo representan en el mejor de los casos medio punto porcentual.

Este es un claro indicio de la preocupación que genera esta situación en la banca minorista de EE.UU. A manera de comparación, en Argentina la irregularidad de las financiaciones a las familias llegó al 6,4% en junio, siendo éste el máximo nivel desde octubre de 2005.

Capital One rompió la tendencia, sin embargo, ya que su tasa anualizada neta de incobrables subió al 9,8% en julio, desde el 9,7% en el mes inmediato anterior.

Estos reportes llegan semanas después de que American Express Co desató el optimismo entre los emisores de tarjetas de crédito tras reportar un segundo mes consecutivo de retroceso en los incumplimientos.

AmEx dijo que vio las primeras señales de una mejoría en la industria en 18 meses y subrayó que las menores pérdidas no eran un tema estacional.

Pero algunos analistas atribuyeron la reciente baja en los incumplimientos a causas estacionales, debido a que los consumidores usaron la devolución de impuestos para pagar deudas, por lo que predijeron que los niveles de créditos incobrables seguirían creciendo hasta finales del año o inicios del 2010.

"Deberíamos esperar a ver algunas rachas de debilidad en el futuro. La clave es cuánto puede empeorar. En lo que va de este mes, no creo que es tan malo", dijo Chris Brendler, analista de Stifel Nicolaus.

Los incumplimientos en tarjetas de crédito normalmente siguen la tendencia del desempleo, que se espera que llegue a más del 10% para finales de año. En julio se ubicó en el 9,4 por ciento.

El futuro del crédito

Durante la reciente burbuja del sector de inmobiliario, resalta Souleles, era comprensible que los dueños de inmuebles tomaran préstamos y ahorraran menos.

“En el futuro el acceso al crédito va a mejorar, sin embargo el deseo del consumidor de pedir préstamos puede que no vuelva a ser el mismo, y durante un buen tiempo, incluso después de salir de la recesión”, dice.

Pero a corto plazo, esta mayor voluntad de ahorrar podrá atrasar la recuperación económica, le explicó Agustín Cramo a iProfesional.com, ya que un 70% de la economía americana gira en torno a los gastos del consumidor.

Los cambios en los hábitos están a la vista

David Musto, profesor de Wharton, apunta que buena parte de la infraestructura financiera que permitió el uso generalizado de las tarjetas de crédito está en una situación tensa porque el colapso financiero hizo imposible seguir avanzando en la titulización de la deuda de la tarjeta de crédito.

En otras palabras, se cortó, al igual que en Argentina, aunque por otros motivos, una fuente de financiamiento para las empresas emisoras, a través de fideicomisos financieros o instrumentos similares.

“Es muy difícil colocar actualmente en un paquete la deuda de la tarjeta de crédito”, concluyó Musto. Stephen J. Hoch, profesor de Marketing de Wharton, dice que las tarjetas de crédito no van a desaparecer de la noche a la mañana”. El dinero de plástico es más cómodo y agiliza el procesamiento de las transacciones.

“Sin embargo, las personas ya no pueden usar su tarjeta de crédito de la misma manera que antes de la crisis. La fase de crecimiento ha llegado a su fin, pero las tarjetas continúan estando por todas partes y no van a desaparecer”, explicó Hoch.

Brian Riley, director de investigaciones de tarjetas bancarias de TowerGroup, dijo que después de 40 años de crecimiento como consecuencia, en parte, del cambio de tecnología empleada en el sector, la industria de la tarjeta de crédito ha madurado finalmente.

La fuerza de la industria está en sus redes de pagos, que también se pueden adaptar para las tarjetas de débito, que utilizan el dinero ya existente en la cuenta del usuario.

“La tarjeta de débito está eclipsando a la de crédito”, dice. “El cambio al débito es importante y se espera que la tendencia persista. En lo que concierne a la tarjeta de crédito, será más difícil conseguir una tarjeta y más difícil incluso mantenerla. La tolerancia será menor y el volumen de tarjetas disminuirá”.

En el futuro, dice Riley, las emisoras de tarjetas tendrán que sofisticar mucho los modelos de adquisición ofrecidos a los clientes de manera que haya un cuidado extremo en relación a la cuestión del historial de crédito y de pago del cliente, el volumen de su deuda y cuánto tiempo la empresa viene relacionándose con él.

Stine enfatiza la naturaleza cíclica de la industria de la tarjeta de crédito, que ha pasado por un periodo de fuerte crecimiento y de rentabilidad, principalmente durante el último boom económico.

Las tarjetas generaron beneficios fantásticos cuando el spread entre el costo del dinero y las tasas que las instituciones financieras cobraban a los prestatarios creció, dice Stine. El crecimiento generalizado de la actividad económica enmascaró los riesgos.

Cuando el ciclo entra en fase descendente, el riesgo aumenta. “El impago no es obra de sólo una persona”, observa Stine. “Es obra de mucha gente. Hay un aspecto de contagio en eso”.

“La Gran Depresión cambió el comportamiento del consumidor y sus actitudes durante toda una generación”, observa Wesley Hutchinson, otro profesor de Wharton. “Es pronto para saber si la crisis actual dejará la misma cicatriz psicológica, pero hay un precedente de un gran cambio”.

En los próximos 18 meses, Hutchinson prevé que el consumidor aprenderá a comportarse de manera más frugal y no abandonará esa actitud incluso después de que se estabilice la economía.

“En cierto sentido, todo el mundo sabe ahora alguna cosa sobre los mercados financieros y el uso abusivo del crédito personal: en esa materia, el consumidor americano siempre ha mostrado ser un pésimo alumno. Teníamos el hábito de no prestar mucha atención al costo del dinero prestado”.

Según Paco Underhill, consultor especializado en el consumidor y autor de Por qué compramos: la ciencia de comprar, la reacción psicológica al derrumbe de las finanzas varía según la edad y la renta, aunque, de modo general, el estado de ánimo del consumidor está claramente tocado. “El nivel de depresión es general. Estamos atravesando una época extremadamente sombría. Espero que eso nos haga reflexionar mucho”.

Underhill describe lo que para él serían tres segmentos de consumo actuales divididos no por el nivel de renta, sino por la seguridad que proporciona.

•Un grupo está constituido por aquellos que perdieron el empleo y están en fase de declive.

En el caso de la esposa de un banquero de Wall Street, eso tal vez signifique suspender las visitas semanales a la peluquería y a la manicura, mientras que para un trabajador de General Motors, que ha visto recortados sus beneficios, tendrá una mayor dificultad para pagar la hipoteca de la casa.

“Para ellos, se trata de un acontecimiento traumático que no distingue entre clases económicas”, dice Underhill.

•Los que se encuentran en el segundo grupo no corren el riesgo inmediato de perder el empleo, pero tienen amigos o parientes desempleados. Esos consumidores, dice Underhill, están evitando gastar como medida preventiva. Ellos siguen gastando, pero ahora se sienten orgullosos de comprar a precios más baratos.

•Un tercer grupo prácticamente no se ha visto afectado por la crisis. Los individuos de ese grupo ya han pagado sus hipotecas y, aunque su cartera de inversiones pueda que se haya deteriorado fuertemente, aún cuentan con una buena protección.

A pesar de eso, ese grupo también decidió gastar menos, porque entregarse al consumo ostentoso no parece una buena idea en un momento en que tanta gente pasa por dificultades. Pero, prosigue Underhill, los individuos de ese grupo continúan viajando a lugares donde se sienten razonablemente seguros de gastar sin llamar la atención.

Carl Steidtmann, economista jefe y director de Negocios del Consumidor de Deloitte Research, destaca que la Gran Depresión, asociada a la Segunda Guerra Mundial, tuvo como resultado 15 años de restricción de gastos para el consumidor. En primer lugar, en virtud de la contracción económica y, después, en razón del racionamiento propio del esfuerzo de guerra.

Para Steidtmann, la crisis actual, desencadenada en diciembre de 2007, comenzará a perder fuerza a finales de este año, y no deberá tener el impacto prolongado que tuvo sobre el consumidor en la Gran Depresión.

Fuente: www.infobaeprofesional.com