martes, 11 de agosto de 2009
Con bolsillos flacos y expectativas aún más magras, en la Argentina los jefes de familia no la tienen nada fácil: a una inflación galopante deben sumarle la falta de oportunidades
Como los koala de Nueva Zelanda, los fideos con manteca y las bombachas psicodélicas del Batman de televisión a perilla, el ahorro es una especie en extinción en la Argentina. No, no es que esté pasado de moda: en rigor, nunca llegó a tener los 15 minutos de fama pregonados por el gran Andy Warhol.
El número, que sufre pequeñas variaciones pero que, a ojo de pesador de verdulería, permanece congelado, revela que, de la puerta para adentro, los jefes de familia se mueven con ajustado presupuesto y más ceñido margen de acción.
A pesar de que no se trata del nivel más bajo de la serie, la gente de la Fundación Mercado (FM) saca la bolilla respectiva y tira el número: 20,5% de las familias ha podido ahorrar en julio, lo que implica un recorte del dato de junio. El número es, incluso, más bajo que el registrado en el mismo mes de 2008, cuando 20,8% de las familias pudo guardar parte de sus ingresos.
Según el economista Dardo Ferrer, titular de FM, el mes de julio trajo sobre la mesa del ahorro una pulseada: la de aquellos que decidieron que tenían que ahorrar más dinero como una forma de disminuir los efectos –y aumentar las precauciones– de la crisis económica; de la de los que vieron agotada su capacidad de preservar una parte del fruto del trabajo y perdieron esa cuota.
Pulseada en el comedor
“Paradójicamente, gracias a la crisis, las familias con mayores ingresos ahorraron más, por lo que, en el número final, redujeron el efecto negativo de aquellas que no pudieron siquiera planteárselo y que se vieron perjudicados por el escenario recesivo”, señaló Ferrer.
Más allá de los datos duros, la parte líquida (para llorar) es la nube de variables que rodea la realidad doméstica cotidiana y que acompaña a las familias en la toma de decisiones.
“El principal es la inflación”, señala Ferrer, “que ha elevado el costo de vida y ha cercenado, en algunos casos, el margen del 20% o incluso del 10% de los ingresos que ahorraban las familias”. En este sentido señala que, en épocas de economía recesiva, muchas familias de ingresos medios realizan un esfuerzo adicional para mantener su estatus de consumo y para ello utilizan la porción que en otro tiempo decidían ahorrar.
A eso hay que sumarle las expectativas, –malas– sobre el nivel futuro del ingreso, ya que muchas no saben si habrá reacomodamiento salarial y, a la vez, las maniobras de precaución que se derivan de una situación laboral vulnerable.
Esto hizo que, aunque históricamente julio es la época donde existe “derrame” por el pago del aguinaldo y donde hay disposición a comprar bienes durables, cambiar el auto, reformar la casa o irse de vacaciones, en este caso, el pago de deudas, los gastos inesperados y el ahorro, reemplazaron al consumo.
“Los sectores de ingresos medios son los que sienten más rápido la pérdida del ahorro ya que los sectores de ingresos bajos sólo consumen o incluso se endeudan para seguir consumiendo mientras que los de los sectores medios reducen su presupuesto para no endeudarse”. Según el informe, el ingreso promedio de una familia es de $ 2.600 mientras que en la Ciudad de Buenos Aires ese nivel asciende a $ 3.500. “Sólo el 20% de la población ostenta ingresos por encima de los 3.500 pesos”, añadió Dardo Ferrer.
Fuente: www.cronista.com
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