Llegó la hora de pisar el freno monetario: EE.UU. busca domar al monstruo que creó

lunes, 13 de julio de 2009

La enorme emisión de dólares de los últimos meses para sostener la economía en crisis estaría por llegar a su fin.

La Fed piensa frenar esta política desde agosto para no aumentar el riesgo inflacionario ni seguir deteriorando el valor de la moneda. En tanto, sus principales acreedores, con China a la cabeza, exigen que también se controle el déficit fiscal. Pero el gobierno de Obama lanza un segundo plan de reactivación de la economía.

Los próximos meses pueden ser clave para la política monetaria de EE.UU. Porque la Reserva Federal se ve obligada a modificar su estrategia de fuerte emisión de dólares que llevó adelante en los últimos meses, presionada por los principales acreedores de EE.UU. (China y demás emergentes con grandes tenencias de Bonos del Tesoro), pero también por el riesgo inflacionario de tal medida, la suba de las tasas de interés y el debilitamiento del dólar. Y este cambio de política se da dentro de un contexto de alta incertidumbre, con la economía que todavía no logra salir de la recesión y un creciente reclamo de muchos emergentes para reemplazar al dólar como moneda de reserva y unidad de cuenta mundial.

Hasta ahora, la emisión de dólares (“quantitative easing” o relajamiento cuantitativo), que la Fed llevó adelante para aportar liquidez a los bancos estadounidenses y evitar que la recesión se profundizara, hizo que el organismo emitiera u$s 2 billones (la mitad a partir de marzo de este año). Buena parte de esta emisión fue a parar al rescate de deuda pública, como forma de sostener su precio y evitar que su tamaño excesivo se hiciera inmanejable.

No es un dato menor el hecho de que los acreedores extranjeros posean la mitad de la deuda pública de EE.UU., unos u$s 3,5 billones, monto que representa el 25% del PIB estadounidense. Nunca estuvo tanta deuda en manos extranjeras, por lo que preocupa a las autoridades de EE.UU. que los acreedores consideren peligroso el nivel de endeudamiento (es el mayor de la historia) y decidan desprenderse de sus títulos, ya que pondría en serios problemas a la economía estadounidense.

Pero la excesiva emisión monetaria también genera preocupación en los acreedores internacionales (China es el más grande de todos, con una cartera de Bonos del Tesoro que pasó en un año de u$s 257.000 millones a los actuales u$s 763.000 millones): si crece la masa monetaria, el valor de los activos en dólares cae, en paralelo a la depreciación de la moneda (desde que la Fed anunciara la emisión de u$s 1,1 billones en marzo de 2009, el dólar se depreció un 13% contra el euro).

Es así que la deuda se licúa y es por eso que las presiones no han dejado de crecer en los últimos 3 meses. “Hemos prestado enormes montos de capital a EE.UU. y por supuesto estamos preocupados por la seguridad de nuestros activos”, sostuvo en marzo el primer ministro chino Wen Jiabao.

Más recientemente, el Fondo Monetario Arabe, organismo que financia a los países del Medio Oriente, advirtió del riesgo para EE.UU. de seguir acumulando deuda y emisión monetaria. “Todo esto puede afectar negativamente al dólar y ellos no pueden ignorarlo”, afirmó Jassem Al-Mannai, director gerente de la entidad.

No debe extrañar que de a poco se vayan alzando distintas voces en todo el mundo pidiendo el reemplazo del dólar como moneda de referencia por otra divisa o canasta de monedas que brinden más estabilidad (China y Brasil ya comenzaron, de hecho, a comerciar en reales y yuanes).

Pero lo que más preocupa en EE.UU. es que los acreedores decidan diversificar sus activos en dólares y salgan a vender masivamente Bonos del Tesoro. Esto presionaría sobre las tasas de interés, retrasaría la recuperación de la economía estadounidense, hundiendo al mismo tiempo el valor del dólar.

Este es el escenario que se vivió durante el segundo trimestre de 2009, cuando el rendimiento del Bono del Tesoro a 10 años, que se toma como referencia para las tasas de los créditos hipotecarios, superó brevemente la barrera psicológica del 4% anual, desde un nivel inicial del 2,5% en el primer trimestre.

Esa señal fue suficiente para que el secretario del Tesoro Timothy Geithner viajara a China para tranquilizar a sus principales prestamistas, inquietos por las señales del gobierno de Barack Obama, más proclive a lanzar paquetes de ayuda y aumentar el gasto público que en reducir los cuantiosos déficits. Geithner se encargó de garantizar que los activos estadounidenses en poder del gobierno chino serían protegidos con un futuro ajuste fiscal y monetario.

A continuación, Bernanke visitó el Congreso para advertir a los legisladores de que el ajuste era imprescindible.

“Para mantener la confianza de los mercados financieros necesitamos empezar a planificar desde ahora la recuperación del equilibrio fiscal. Para estabilizar las cuentas fiscales, van a ser necesarios recortes en el gasto o subas de impuestos. Pero la Fed no va a monetizar la deuda”, aseguró el funcionario, confirmando las garantías que antes había dado su colega del Tesoro. Y mostrando también que la política de emisión monetaria tiene fecha de vencimiento: fines de agosto de 2009. Para ese entonces, la Fed tiene previsto reducir su compra de títulos públicos a u$s 300.000 millones.

Pero si bien es bienvenida la medida de frenar la emisión monetaria y de sostener el valor del dólar, para los acreedores falta la otra parte de la fórmula, a saber el ajuste fiscal.

“A menos que mostremos un gran nivel de compromiso para la sustentabilidad fiscal en el largo plazo, no tendremos estabilidad financiera ni crecimiento económico saludable”, sostuvo Bernanke.

El problema es que el gobierno piensa otra cosa: está previsto un déficit fiscal para el año 2009 de u$s 1,8 billones, según estimaciones de la Oficina de Presupuesto del Congreso, y de u$s 9 billones para el período 2010-2019. Y encima, Laura Tyson, miembro del consejo de asesores del presidente Obama, ya anunció el próximo lanzamiento de un segundo paquete de reactivación económica, esta vez enfocado en la obra pública, al mejor estilo del que lanzara el gobierno de Roosevelt durante la crisis del ’30.

El problema está en saber si los acreedores seguirán dispuestos a financiar a EE.UU. a tasas tan bajas o si exigirán más rendimiento por una deuda y un déficit que no se reducen, lo que pondría en peligro la reactivación que se busca a través del gasto público.

Fuente: El Cronista