lunes, 18 de mayo de 2009
En los últimos meses se instaló en el mercado la sensación de que el dólar está “barato” y que, por lo tanto, el mejor negocio es comprar a la espera de una mayor devaluación. Los especialistas evalúan cómo debería proceder el Gobierno en este contexto.
La estrategia macroeconómica actual sufre varios problemas. La política cambiaria ha demostrado una falta de reacción ante los cambios externos y no se encuentran señales claras sobre su comportamiento futuro. Esto aumenta la incertidumbre e incentiva la salida de capitales. A partir de la aceleración de la inflación evidenciada en los últimos dos años el peso sufrió una apreciación real frente al dólar, como resultado de la inmovilidad del tipo de cambio nominal. Sin embargo, la apreciación del real, que venía acompañando a la política de metas de inflación adoptada por Brasil, mantuvo relativamente estable el tipo de cambio real multilateral. Con el estallido de la crisis internacional a fines de año pasado, el país vecino dejó depreciar su moneda, lo cual intensificó la pérdida de competitividad de la producción argentina.
En ese contexto, las expectativas de devaluación del peso aumentaron, alimentando la salida de capitales. La lenta depreciación del peso no consiguió desincentivar la compra de dólares por parte de los agentes privados. La salida de capitales responde a una clara racionalidad económica, que nos enseñan los manuales básicos de macroeconomía. Si una mercancía actualmente en el mercado está barata y se espera que su precio en el futuro sea mayor, convendría comprar ese bien hoy y venderlo mañana para apropiarse de la diferencia. Si se espera que el tipo de cambio sea mayor mañana, entonces conviene comprar dólares hoy y venderlos mañana. Así, mañana conseguiré más pesos que los que tengo hoy. Muchos agentes privados efectivamente esperan que el tipo de cambio nominal se eleve y están comprando dólares actualmente, dado que el Gobierno no está dando señales claras de abandonar uno de los pilares de su política económica: el tipo de cambio alto. Mientras que la paridad verificada en los hechos no sea la que los agentes privados esperan, la salida de capitales continuará, e implicará una pérdida de reservas del Banco Central, en caso de que se continuara interviniendo para evitar una depreciación.
Por otro lado, la apreciación registrada del tipo de cambio real implicó una paulatina pérdida de competitividad de los sectores transables. Esto se suma a la caída de la demanda tanto externa, debido a la crisis internacional, como interna por los efectos que ésta produjo. Ambos factores impactan directamente tanto en la rentabilidad del sector transable como en los niveles de empleo y producción. Las empresas que se ven más desprotegidas (con poco acceso al financiamiento y escaso poder de mercado) son las más intensamente afectadas por esta situación.
Entonces, tanto por motivos financieros como productivos resulta conveniente elevar el tipo de cambio. Al depreciar la moneda, el tipo de cambio se acerca más al esperado, disminuyendo la tasa de depreciación esperada, lo cual desincentiva la adquisición de activos externos. Por otro lado, disminuyen los costos en dólares de las empresas y se encarecen las importaciones. Estos factores actúan aumentando la rentabilidad del sector transable y protegiendo el mercado interno en un contexto de crisis.
Los efectos benéficos de mantener un tipo de cambio competitivo (dólar caro) han sido probados con la experiencia de crecimiento postconvertibilidad. En este período se evidenció un extraordinario incremento de la demanda agregada, con efectos positivos sobre el empleo, los salarios y los niveles de pobreza. Además, contrastando con la experiencia histórica, el fuerte crecimiento económico se dio con un superávit en las cuentas externas. Esto propició un importante aumento en el stock de reservas internacionales que permitió tener una autoprotección frente a los volátiles movimientos internacionales de capital y frente a posibles ataques especulativos contra el peso. Esta experiencia agrega argumentos empíricos a favor de la conveniencia de sostener el tipo de cambio real en niveles competitivos, lo que se traduce en el presente en la necesidad de elevar el tipo de cambio nominal.
Sin embargo, la estrategia no está exenta de problemas. Muchas veces la devaluación formó parte de políticas ortodoxas de ajuste, asociadas con la necesidad de equilibrar las cuentas externas. La elevación del tipo de cambio, mediante su efecto sobre el nivel de precios, implicó en varias ocasiones una importante redistribución de ingresos en contra de los asalariados. Esto no solamente afectó regresivamente la distribución sino que también tuvo un efecto contractivo sobre el nivel de actividad interna. En el actual contexto de depresión se espera que el impacto de la depreciación sobre los precios sea bajo, lo cual no implica que no exista. Por lo tanto, resulta necesario que la política cambiaria sea complementada con una política fiscal expansiva y con políticas de ingresos que tiendan a compensar los posibles efectos regresivos y recesivos de la medida.
Fuente: www.pagina12.com.ar
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