Las lecciones de Lula

jueves, 26 de marzo de 2009

Objetivos claros, “cintura” política, alianzas, liderazgo. Qué deben aprender de Brasil la Argentina y Cristina Kirchner.

En otros tiempos, la postal del pasado 15 de marzo hubiera sido imposible. En el sillón presidencial, un negro nacido en Hawai pero educado en Harvard y Yale. A su lado, como presidente invitado, un ex sindicalista que aprendió a leer a los diez años y apenas terminó la secundaria. En plena reunión cumbre en la Casa Blanca y después de conversar un rato, Barack Obama sonrió y, mirando fijo a Lula, le dijo: “Tenemos mucho que aprender de Brasil”. Más tarde agregó: “Admiro su liderazgo progresista”.

Luiz Inácio Lula da Silva fue el primer mandatario latinoamericano que visitó a Obama. Y a diferencia del presidente norteamericano, cuya popularidad comenzó a descender como efecto de la crisis, Lula se convirtió en uno de líderes con mayor popularidad en todo el mundo. En Brasil, en su séptimo año de gestión, conserva una imagen positiva de entre 65 y 78 por ciento.

Y si bien en sus elogios Obama se refería a aspectos puntuales —la política de energías renovables, en este caso—, no se inmutó en reconocer ante el mundo que hay mucho para aprender de Brasil.

¿Qué lecciones podemos incorporar en la Argentina? Más allá de vaivenes coyunturales y diferencias geopolíticas, ¿que debería hacer nuestro país para aprovechar el impulso del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China), los grandes mercados emergentes que prometen cambiar el mundo?

Las comparaciones suelen ser muy odiosas —inválidas en muchos casos, cuando se trata de naciones soberanas—, pero es claro que estamos ligados al destino de nuestro vecino. En un terreno más personalista, presidencial para ser exactos, los interrogantes son similares: ¿qué lecciones puede aprender Cristina Fernández de Kirchner de Lula, un presidente que está promediando su segundo mandato con popularidad récord?

Las diferencias entre los países son tan evidentes como el histórico vínculo fraternal entre ambos, matizado a través de la historia por consecuentes picos y valles de amor-odio. Más allá del tamaño de las geografías, está claro que Brasil comienza a ejercer un importante liderazgo global, que se refuerza en el hemisferio por la situación de un golpeado EE. UU. Si bien la situación actual es consecuencia de cierta estabilidad y coherencia política e institucional de las últimas décadas, no son pocos los que señalan la figura de Lula como la personalidad ideal para timonear este momento. Interlocutor de los díscolos regionales, Hugo Chávez y Evo Morales, Lula está al frente de un país que, más allá de los coletazos de la crisis, disfruta del título de economía de mercado, se consolida como una potencia exportadora de cereales y carne y encuentra a cada paso importantísimas reservas de petróleo y gas. Y, al menos por ahora, pone cara de bueno cuando “pelea” con Cristina por las barreras a la importación.

Pragmático y astuto. Ésos son los rasgos que, en general, todos los entrevistados para esta nota destacan de Lula en comparación con su colega argentina. Y consenso político, persistencia y perseverancia es lo que se resalta a la hora de hablar del déficit institucional local frente a la nación vecina. “Al ámbito político argentino le faltan los períodos de consenso que Brasil tuvo prácticamente desde su independencia. La Argentina se caracteriza por los antagonismos y los cambios en Brasil son muy lentos porque dependen del consenso. Pero cuando ocurren, llegan y tiene efecto real”, describe Ariel Palacios, corresponsal de Estado do São Paulo que vive desde hace 13 años en la Argentina. “Lula tuvo derrotas políticas, pero es como un luchador de yudo: sabe cómo caer, cómo levantarse y cómo retomar la lucha. Los Kirchner no saben caer”, ejemplifica.

A diferencia de la Argentina, Brasil tiene un núcleo de poder consolidado y bien definido: grandes bancos, un fuerte empresariado paulista y la gran figura institucional del Congreso. Si bien Brasil se define como un país presidencialista, desde 1945 a la fecha, sin tener en cuenta el período de dictadura militar del ‘64 al ‘85, ningún mandatario tuvo la mayoría en el Parlamento. Eso siempre dio lugar a un permanente juego de acuerdos, pactos y concesiones. “Allí la presidencia tiene mucho menos poder que en la Argentina. Además, la política es elitista: la clase media no define la agenda. Lula hizo una alianza entre ricos y pobres y fue eficiente en un subsidio a los que menos tienen, a quienes nunca les llegaba nada. Ésa es la base de Lula”, dice Ceferino Reato, autor de la biografía “Lula, la izquierda al diván”.

El presidente brasileño también demostró que sabe aprender de sus errores. En ese sentido, su carrera parece una guía para políticos impacientes. Y demostró ser mucho más hábil que muchos de sus compañeros del Partido de los Trabajadores, con quienes se enfrentó en varios momentos. Desde las bases creció como sindicalista y político, abrazó el marxismo pero supo correrse de esa posición a tiempo. Fue gobernador y perdió tres elecciones presidenciales que fueron moderando su postura hacia el centro. Una vez en el gobierno le confió la dirección del Banco Central, y gran parte del manejo de la política económica, a Henrique Meirelles, un ex presidente del Banco de Boston de EE. UU. en Nueva York, que fue diputado del partido del ex presidente Fernando Cardoso. No hace falta decir que Meirelles está muy lejos de posturas marxistas.

“Como país, Brasil alcanzó una mirada estratégica de la que nosotros carecemos”, afirma Dante Sica, economista de la consultora Abeceb. “Lula siguió, a grandes rasgos, lo que hizo Cardoso. Corrigió, mejoró y matizó, pero no cambio cambió todo. De eso tenemos que aprender. Lula es muy consiste con todos los elementos de política económica y eso le permite surfear en aguas turbulentas. Tiene un set muy variado, con una importante estructura de apoyo a las inversiones y una muy buena interacción con el sector privado”, explica.

Objetivos claros, tiempo, “cintura” política, alianzas, liderazgo, equipos heterodoxos, control con delegación de poder y la menor cantidad posible de enemigos a la vista. Esos parecen ser los ingredientes principales de la receta de poder de Lula.

El politólogo brasileño Luiz Alberto de Vianna Moniz Bandeira, quien vivió muchos años en el país y escribió “Brasil, Argentina e Estados Unidos (De la Triple Alianza al Mercosur), entre otros libros, opina que no conviene hablar de enseñanzas y aprendizajes entre países. “Cada uno tiene su dinámica, su tradición y su historia. Siempre tiene que haber cooperación e entendimiento. Son dos países que tienen que caminar juntos, tienen un destino de comunidad”, explica desde Alemania, donde es cónsul de la región Karlsruhe. Con todo, Moniz Bandeira afirma que la Argentina no tiene ningún futuro sin una alianza con Brasil. Y que el rol de los presidentes es vital: “Argentina sola, aislada en el confín de occidente, con 40 millones de habitantes y pocas reservas minerales, no tiene futuro. Los brasileños tienen conciencia del mercado argentino, pero no sé si eso es recíproco para todos los sectores de la economía argentina. Sí creo que Cristina y Néstor ven la importancia de Brasil”.

El último debate entre ambos países radica en las barreras comerciales en medio de la crisis global. Lula no quiere restricciones al comercio (recientemente las suspendió para la entrada a Brasil de 3.000 productos) y Cristina las impone a 200 productos, muchos de ellos brasileños. El fin de semana pasado ambos mandatarios se reunieron en San Pablo y le bajaron el tono al conflicto. “Es natural que se adopten medidas ante economías desiguales”, dijo Cristina. Cuando Lula, casi con tono paternal, explicó que “entiende” la situación y volvió a mostrarse en contra de cualquier tipo de proteccionismo, la presidenta le respondió que la devaluación del real y los beneficios fiscales que dan algunos estados también puede ser percibida como medidas proteccionistas. Chispazos y nada más. Ahí terminaron los roces, al menos ante los micrófonos. El resto del encuentro transcurrió entre demostraciones de amistad y anuncios: ambos países anticiparon que tendrán estrategias similares —aunque no conjuntas— en la reunión del G20 en Londres, la semana próxima.

“Las posiciones de ambos países son homogéneas en muchos puntos y eso hace que ambos aspiremos a lograr objetivos compartidos”, señala Alfredo Chiaradía, secretario de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería. La posición común tiene que ver con reclamos ante el FMI y el Banco Mundial para posibles financiamientos del desarrollo económico, regulación para los operadores financieros, más rigidez en los controles de los paraísos fiscales y más supervisión a las calificadoras de riesgo.

El economista e historiador del CONICET Mario Rapoport cree que esta última fricción entre las naciones estuvo fogoneada por sus economías dispares y sus desequilibrios de poder que generaron “recelos en torno al liderazgo regional”. A estas cuestiones, escribió en el diario BAE, se sumaron la falta de institucionalización y de políticas macroeconómicas comunes.

El campo es un elemento distintivo que cruza la historia de ambos países. Por un lado, la criolla e histórica antinomia campo-industria nunca se dio lugar en Brasil. Eso hizo que el rumbo económico del país, desde el café hacia la industria pesada, fuera más claro. Ahora, además, la postura oficial de la presidenta en su enfrentamiento con las entidades ruralistas parece haberla distanciado mucho más del “estilo Lula”. “Brasil tiene un política agraria coherente. Nuestro conflicto es inédito a nivel mundial. A Lula esto jamás hubiera pasado”, sintetiza el sociólogo rural Osvaldo Barsky, coautor del nuevo libro “Historia del agro argentino”.

Con Lula en el gobierno, Brasil se convirtió en el líder en exportación de soja, maíz y carne. Y a cada momento redobla la apuesta con estrategias agresivas de cara a sus socios comerciales externos. En este punto, los expertos coinciden: esta situación está relacionada con la coherencia institucional y con una coordinación de décadas que le permite penetrar mercados y ser muy eficientes.

“La contradicciones históricas de los gobiernos argentinos hicieron que el país destruyera su industria, con políticas de desestabilización monetarias que se dan más o menos desde la caída de Perón”, grafica Moniz Bandeira. Para el politólogo, el tamaño y la importancia estratégica de la industria brasileña son las razones centrales que hicieron que el país no fuera tan ortodoxo como la Argentina al aceptar, en las últimas décadas, las metas del FMI. “Lula mantiene una política de rigor fiscal que es muy necesaria para cualquier país y eso es administración, no neoliberalismo. Lula pudo detener las privatizaciones, como en parte intentaron los Kirchner. Cristina defiende la reindustrialización del país y eso está bien: a Brasil no le interesa una Argentina sin industria”, explica.

Lula suma liderazgo y asoma como una suerte de presidente regional. Si bien publicaciones como The Economist aseguran que Brasil está en el selecto grupo de los países que puede resultar menos afectados por la crisis financiera internacional, los coletazos del crash hacen algo de mella en su alta popularidad. Por primera vez desde que asumió su segundo mandato, en 2007, su imagen descendió de 70 por ciento en noviembre pasado a 65 por ciento, según DataFolha. Ibope registra también una caída, pero del 84 al 78 por ciento.

A pesar de los números, Reato, biógrafo argentino de Lula, piensa que su figura está “sobrevendida” en el país. “La derecha argentina piensa que Lula es una especie de ‘Menem bueno’. En general, la oposición local lo toma como ejemplo y eso es exagerado. Por otro lado, muchos oficialistas creen que es un político de izquierda capaz de liderar a la región contra el imperio yankee, y eso es también es un error”, dice.

Mientras tanto, Cristina Fernández y Lula vivirán una semana de tiempo compartido. Este viernes 27 de marzo y el sábado 28 charlarán en el encuentro de líderes progresistas en Viña del Mar. El martes 31, volverán a verse en la Ronda de Doha, de la OMC en Qatar. Y terminarán la semana en Londres, en la cumbre del G-20. Más allá de las diferencias, los presidentes estarán muy cerca. Quizás, Cristina Fernández coincida con Barack Obama. Y descubra en qué áreas estamos a tiempo de aplicar las virtudes de la era Lula.

Fuente: el argentino.com