lunes, 16 de marzo de 2009
En la torre octogonal de granito y vidrio de Madison Avenue 383 las cosas se estaban desmoronando. Bear Stearns había sobrevivido a la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y los atentados a las torres gemelas sin un sólo trimestre en rojo que manchase su reputación de 85 años. Pero para esta época del año pasado todo se venía abajo. Estruendosamente.
Sin embargo, Jimmy Cayne, el hombre que se hizo rico con Bear Stearns al punto de amasar una fortuna que llegaba a u$s 1.600 millones en 2007, no mostró ningún apuro en volar de Detroit a Nueva York y abandonar su torneo de bridge. A esa misma hora, Jamie Dimon, la cabeza del JPMorgan –el banco que tomaría el control de la entidad–, se preparaba para festejar su cumpleaños 52 en un restaurante griego de Manhattan.
Tiempo después, Cayne accedió a hablar con William Cohan, quien contaría todos los detalles sucios del colapso en su libro “House of Cards”. Cayne fue el único de los peces gordos en “the Bear” (como se llamaban a sí mismos en la firma) que no pudo salvar las apariencias con la oferta de alguna posición en JPMorgan. Y la bronca de aquel hombre retirado que vio hacerse añicos su legado en Wall Street todavía era incontenible.
El blanco privilegiado de su ira era un hombre que por estos días conoce todo el mundo: Timothy Geithner. “Un empleaducho”, como llamó Cayne al por entonces presidente de la Reserva Federal de Nueva York y actual secretario del Tesoro.
Cayne todavía estaba indignado por la audacia de ese don nadie que tuvo el tupé de ponerse en el lugar de decidir si una empresa como Bear merecía o no un préstamo de emergencia. “Como si él fuera un factor determinante, cuando en realidad es un mosquito en la espalda”.
El responsable de Bear, que vio evaporarse u$s 1.000 millones de su cuenta personal con el derrumbe, no parece haberle perdonado a Geithner que le negara a su banco el acceso a un crédito de la Fed que podría –o quizás no– haber torcido el rumbo de lo que vino después.
Pero la participación de Geithner no termina ahí. De hecho, tras bajarle el pulgar a Bear Stearns, se apiadó. Fue él quien a las dos de la mañana del viernes previo a la caída llamó a Donald Kohn, el vicepresidente de la Fed, para decirle que “no estaba seguro de que los efectos de una quiebra de Bear Stearns pudieran ser contenidos”. Y fue escuchado, ya que JPMorgan se quedó con la entidad sólo gracias a un monumental préstamo oficial.
Para muchos, fue un error. Incluso para los propios empleados de Bear que –curiosamente– parecen creer que el banco merecía un destino aún más ominoso del que tuvo. “Nosotros nos hicimos esto a nosotros mismos. Fue nuestra culpa por haber permitido que esto llegara demasiado lejos y por no haber hecho lo necesario”, dijo el máximo responsable de la división de renta fija, citado por Cohan en su libro. Después de todo, la gerencia sabía mejor que nadie que el banco se había financiado con préstamos precarios de muy corto plazo y que había abarrotado su balance con activos ligados a hipotecas que no sólo eran difíciles de vender sino también de valuar.
Pero la arrogancia de Bear llegó mucho más allá. Horas antes del salvataje gubernamental, el director ejecutivo del banco recibió un mail de un colega de Arabia Saudita. Era una oferta de dinero. Había suficiente y podían actuar ya. El ejecutivo lo interceptó a Alan Schwartz, por entonces CEO de la empresa, después de uno de los habituales almuerzos que reunían a los 50 gerentes top de la firma. La respuesta fue escalofriante. “No necesitamos capital”, dijo Schwartz.
Esa misma noche, los oficiales de la Fed y de la SEC empezaron a desfilar por Bear Stearns. El efectivo disponible del banco se había reducido durante el día de u$s 18.000 millones a u$s 2.000 millones. La quiebra era inevitable. La crisis, y la soberbia, se había cobrado su primera gran víctima.
Fuente: El Cronista
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