viernes, 13 de marzo de 2009
No hay una alternativa significativa a la economía de mercado y no hay país con la riqueza, estabilidad y certeza que reemplace a Estados Unidos como primera potencia.
Hace una década, cuando la crisis asiática engullía a los tigres de la región y empujaba a Rusia a la devaluación, la revista Time publicó una portada memorable: como un grupo de superhéroes y descritos como “El comité que salvará al mundo”, estaban Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, Robert Rubin, secretario del Tesoro de aquellos días y Larry Summers, su segundo.
Hoy, Greenspan revisó en público un pilar de su credo económico y es más probable que Rubin sea descrito como un villano de Wall Street. A medida que el mundo, esta vez incluyendo a EE.UU., enfrenta una crisis económica más profunda y amplia que el contagio asiático, es tentador ver en la caída de los dos miembros más influyentes de esa troika una metáfora de la declinante influencia global estadounidense.
Hace diez años, los evangelizadores capitalistas de EE.UU. pensaban que podían salvar al resto del mundo de sus pecados económicos. Ahora la batalla es salvar al resto del mundo de los fracasos en EE.UU. La ironía no pasó inadvertida. “La crisis se originó en EE.UU. y muchas personas en los mercados emergentes le están diciendo a los estadounidenses que deberían ser más humildes; si esta crisis hubiera ocurrido en otro lugar del mundo, estarían sermonéandolos’”, dijo Dominique Strauss-Kahn, director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional.
Un alto ejecutivo estadounidense en un banco de inversión internacional se mostró de acuerdo. “EE.UU. ha sido muy osado en cuanto a su éxito y buscó extender algunas de sus políticas y prácticas a otras naciones. A medida que sus debilidades quedan expuestas, esas naciones cuestionan las lecciones que predica”, dijo.
Además, incluso antes de la crisis, las economías asiáticas, en particular China e India, estaban creciendo en peso global.
Otros temen que la presencia internacional de EE.UU. pueda desdibujarse por la urgencia de los problemas en casa. Las naciones más pequeñas saben hace tiempo que no tienen otra opción que depender de los demás. Pero EE.UU. aún cree que es suficientemente grande como para lidiar con sus problemas por sí solo.
Todas estas presiones son reales: EE.UU. está desacreditado internacionalmente, preocupado internamente y podría verse parcialmente eclipsado por los poderes asiáticos en alza. Pero mientras los líderes mundiales se preparan para establecer un nuevo Comité para Salvar el Mundo (la reunión del G-20 del próximo mes), el papel de EE.UU. como potencia se ve reafirmado. Aún mientras se esfuerza por reforzar su propio Tesoro y dar una respuesta coherente a su crisis bancaria, Washington ya comenzó a establecer la agenda para la reunión de Londres, manifestando que presionará con fuerza por un estímulo global coordinado.
No hemos vuelto a 1998. La fe en el libre mercado falló y el pecado original fue en el propio EE.UU. Pero no hay una alternativa significativa a la economía de mercado y no hay país con la riqueza, estabilidad y certeza que reemplace a EE.UU. como primera potencia.
Fuente: Cronista.com
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