Será muy difícil reconstruir la confianza en los bancos

jueves, 12 de marzo de 2009

Para saber hacia dónde va el capitalismo, es indispensable que banqueros, inversores, funcionarios y votantes entiendan con claridad qué es lo que funcionó tan mal en las finanzas

Hace seis años, Ron den Braber trabajaba en el Royal Bank of Scotland, en Londres, y empezó a preocuparse porque los modelos computarizados del banco subestimaban el riesgo de los productos de crédito, Pero cuando este experto en estadísticas alertó a sus jefes sobre el problema, enfrentó un nivel de desaprobación tal que eventualmente dejó su puesto. “Nadie quería escuchar”, recuerda Den Braber, quien opina que esto se debió al “pensamiento dominante, a la presión para cerrar negocios”, y a una falta de comprensión total de los modelos.

Las historias de este tipo ayudan a explicar cómo los grandes bancos de Occidente llegaron a tener los problemas que enfrentan y hundieron al mundo en la recesión. Las amortizaciones ya llegan a u$s 1 billón, según el Instituto para las Finanzas Internacionales, el grupo bancario de lobby en Washington. Y esta semana el Banco de Desarrollo Asiático estimó que los activos financieros habrían caído en más de u$s 50 billones; una cifra que se aproxima a la producción anual global.

Para saber hacia dónde va el capitalismo, es imperativo que funcionarios, banqueros, inversores y votantes entiendan con claridad qué es lo que funcionó tan mal en las finanzas del siglo XXI. No hay escasez de potenciales culpables: avaricia, regulación laxa, política monetaria excesivamente blanda, endeudamiento fraudulento y fallas gerenciales, todas estas cosas tuvieron un papel en esta crisis, lo mismo que en períodos anteriores de auge y caída.

Pero, en este caso también entró en juego la extraordinaria complejidad y falta de transparencia de las finanzas modernas. En las dos últimas décadas, una oleada de innovación modificó los mercados y pareció capaz de otorgar enormes beneficios a todos los involucrados. Pero el nivel de innovación fue tal que superó la capacidad de comprensión de la mayor parte de los ejecutivos bancarios comunes, para no mencionar siquiera la de los reguladores.

Como resultado, no sólo el sistema financiero está plagado de pérdidas de una escala que nadie previó, sino que los pilares de la fe sobre los que se construyó ese nuevo capitalismo financiero prácticamente se han derrumbado. Esto deja a todo el mundo, desde los ministros de Economía y los presidentes de bancos centrales a los pequeños inversores, aturdido y confuso.

“Nuestro mundo está roto y, honestamente, no sé qué va a reemplazarlo. La brújula por la que los estadounidenses nos guiábamos ya no existe. La última vez que vi algo semejante, en términos de la sensación de pérdida y desorientación, fue entre mis amigos en Rusia, cuando se fragmentó la Unión Soviética”, dijo Bernie Sucher, titular de las operaciones de Merrill Lynch en Moscú.

En septiembre pasado se derrumbó el último de los pilares de la fe. La mayoría de los inversores daba por sentado que el gobierno de EE.UU. nunca permitiría el colapso de un gran grupo financiero. Cuando Lehman Brothers cayó en bancarrota, la desconfianza y la desorientación treparon en espiral. La mayor parte de los mercados de financiación se congelaron, los precios perdieron el rumbo y bancos y administradores de activos descubrieron que sus modelos de operación y cobertura fallaban. “Nada funcionaba ya en los mercados de capitales”, comentó el jefe del área de Riesgos de un importante banco occidental. El sistema, como dijo unas semanas más tarde Mervyn King, presidente del Banco de Inglaterra, estaba “sobre el precipicio”.

Ahora, mientras buscan nuevos pilares de confianza para las finanzas, los gobiernos reemplazan muchas funciones del mercado. El Tesoro de EE.UU. somete a los bancos a stress tests para darle confianza a los inversores; en Gran Bretaña, el Estado los asegura por las pérdidas que pueden sufrir por los activos tóxicos. Y bancos y agencias están, finalmente, modificando sus modelos. Pero la verdad brutal es que, hasta que los mercados financieros hagan honor a su nombre, siendo lugares donde los activos se negocian y se les fija precio de manera creíble, será difícil reconstruir la confianza. No por nada la raíz de la palabra “crédito” viene del latín credere, que significa creer.

Fuente: Financial Times