Se empiezan a agotar las opciones y ya se habla de nacionalizar toda la banca

jueves, 05 de febrero de 2009

Suecia ya lo hizo en los noventa pero fue una experiencia de corto plazo. A los cuatro años, los bancos estaban otra vez en manos privadas. Se recuperó 60% del costo del rescate

¿Qué hacer con los bancos de EE.UU. y Europa que siguen en problemas, que no blanquean su verdadera exposición a los activos tóxicos y que tampoco otorgan créditos? Hasta ahora, las soluciones que se orquestaron desde los distintos gobiernos no dieron resultado y, en cambio, fueron profundizando la crisis, al demorar el acceso al financiamiento para las empresas y los particulares. La reciente Cumbre de Davos, donde se esperaba encontrar algo de luz, dejó a todos con la misma sensación socrática de sólo saber que no se sabe nada. Porque las alternativas que se plantean para salir del pantano crediticio son muchas y bastante antagónicas. Desde seguir adelante con las inyecciones de liquidez y dar garantías públicas hasta la nacionalización total del sistema bancario, pasando por crear “bancos malos” que absorban los activos tóxicos, o nuevos “bancos buenos” y dejar caer a las entidades existentes.

Lo último que se ha venido planteando como solución a la crisis es la alternativa más radical, como ser la nacionalización de la banca, aunque sea parcial y por un cierto tiempo. Algo nunca visto en el capitalismo de EE.UU., incluso en la peor época de la Gran Depresión de los años ’30. “‘¿Por qué estas contorsiones? La respuesta parece ser que Washington sigue teniendo un miedo mortal a esa palabra que empieza con N: nacionalización”, disparaba recientemente el Premio Nobel de Economía Paul Krugman. Este es un debate del que se está haciendo eco buena parte del establishment estadounidense, frente al fracaso de planes de rescate anteriores.

“Nacionalizar es algo que hacen los extranjeros, no algo que hacemos nosotros, no es un término del vocabulario estadounidense”, contraatacó el historiador económico Charles Geisst. Pero lo concreto es que los dos mayores bancos del país, el Bank of America y el Citigroup, ya han recibido fondos públicos por u$s 300.000 millones y entregado a cambio acciones al Estado, sin lograr recuperar la credibilidad. Así que de seguir las inyecciones de liquidez, en algún momento las entidades pasarían a transformarse en estatales. Por eso, el objetivo de quienes defienden la nacionalización está en ahorrarse tiempo y evitar, como decía Keynes, que en el largo plazo estemos todos muertos.

Como antecedente, aparece el ejemplo de Suecia, que practicó una nacionalización de sus principales bancos en los años ’90. Esto le permitió al gobierno recuperar hasta el 58% del costo del rescate. Pero se trata de una experiencia de estatización de corto plazo, porque a los 4 años los bancos ya estaban de vuelta en manos privadas, gracias a la reactivación de la economía. Hoy, el panorama no luce tan prometedor, con una recuperación que puede durar mucho tiempo más. En contra de esta experiencia exitosa aparecen numerosos casos de bancos públicos que se convirtieron en un desastre de gestión (como el del Crédit Lyonnais en Francia, que terminó con la liquidación del banco tras un gran escándalo de corrupción, o el de los bancos regionales alemanes).

Entre quienes defienden la idea del “banco bueno”, se encuentran el Premio Nobel Joseph Stiglitz y el financista George Soros, quienes en Davos recomendaron la creación de nuevos bancos desde cero con el apoyo del Estado y dejar a la buena de Dios a las demás entidades. Por supuesto, esta opción (y la de la nacionalización) hiela la sangre de los banqueros, que prefieren toda la vida la alternativa del “banco malo”, donde los gobiernos crean entidades que se hagan cargo de todos los activos tóxicos.

El verdadero dilema es cuánto le va a costar a cada gobierno salvar a su sistema bancario. La opción del banco malo puede llegar a costarle a EE.UU. u$s 4 billones, que se suman a los u$s 1,5 billones ya desembolsados en los planes de rescate anteriores. Mientras tanto, a Alemania le podría costar u$s 150.000 millones (además de los u$s100.000 ya desembolsados), y a Gran Bretaña unos u$s 290.000 millones. Sea cual fuere la alternativa elegida, el objetivo es el de salvar al sistema bancario del colapso total o, como lo planteó crudamente Mervin King, gobernador del Banco de Inglaterra, “proteger a la economía de los bancos”.

Fuente: Cronista.com