La historia del Citi resulta un alerta para los nuevos gigantes de las finanzas

lunes, 19 de enero de 2009

El fracaso del modelo del Citi no evitó que JPMorgan y Bank of America crearan sus propios imperios con lo que quedó de Bear, Washington Mutual, Countrywide y Merrill

Cuando se escriba la historia detallada de la era reciente de codicia y fe excesiva en la gestión de riesgo, el relato de la creación y muerte de Citigroup, el supermercado financiero global, llenará muchas páginas.

La creación del Citi, en 1998, quedó eclipsada por la crisis financiera por el colapso del fondo de cobertura Long-Term Capital Management y el default de la deuda rusa. Pero, de hecho, la fusión entre Citicorp y Travelers quebró con la Glass-Steagall, la ley de la época de la Depresión que separaba la banca de inversión de la comercial.

Wall Street entró en una nueva era, y se estimaba que el Citi iba a barrer con sus competidores. Estos rivales, notablemente los bancos de inversión que sólo se dedicaban a esa actividad, se quejaron abiertamente de que el poderío en banca comercial del Citi respaldara al Salomon Smith Barney, el banco de inversión de Travelers. Sin embargo, los escépticos sostenían que el Citi era demasiado grande para tener éxito y, para el año 2001, empezaban a sentir que sus dudas estaban justificadas.

En esta década, el Citi fue el más afectado por las amortizaciones y las multas de los reguladores tras el estallido de la burbuja tecnológica, en 2000. Después vinieron más pérdidas y juicios tras la quiebra de Enron y de WorldCom en 2002.

El hecho de ser un banco global también expuso al Citi a problemas que iban más allá de las compañías estadounidenses fraudulentas: la marca global quedó bajo fuego con la caída de la italiana Parmalat. Y, en 2004, las autoridades japonesas cerraron su negocio de banca privada porque no se habían ordenado las cosas tras abusos descubiertos previamente.

A continuación, se revelaron las tensiones entre los operadores y la gerencia en el banco que nunca duerme. Cuando se difundió que los operadores de un banco habían arrinconado al mercado europeo de bonos del gobierno, haciendo una rápida matanza, pocos se sorprendieron de que el fantasma de Salomon Brothers, firma que alguna vez dominó el mercado de bonos, estuviera detrás de eso.

Para 2005, la Fed le dijo al Citi que no podía hacer más adquisiciones y las filas de gerentes miraron entonces hacia los mercados financieros dominados por los fondos de cobertura y un nuevo tipo de derivados. Bajo el liderazgo de Chuck Prince, el Citi optó por empaquetar más productos como las hipotecas de alto riesgo.

En el pico de la burbuja del crédito, en junio de 2007, Prince le dijo al Financial Times: “Mientras la música suene, hay que levantarse y bailar”. Estas palabras sirven de epitafio para el auge global del crédito y las hipotecas. Cuando paró la música y el mercado del crédito de corto plazo respaldado por activos se congeló, en el otoño boreal de 2007, quedó un pantano de títulos estructurados que habían sido mantenidos fuera de los balances de los grandes bancos. Resultó que mucho de ese riesgo volvía al balance del Citi y que, pese a una robusta base de depósitos, la entidad estaba en grandes problemas.

La semana pasada el banco anunció su quinta pérdida trimestral consecutiva y dijo que se dividirá en dos líneas de negocio. Lo notable es que la caída de su modelo no evitó que JPMorgan Chase y Bank of America crearan sus propios imperios a partir de las ruinas de Bear Stearns, Washington Mutual, Countrywide y Merrill. ¿Pueden realmente los rivales del Citi prosperar en una era de mayor regulación y control más estricto?

Fuente: El Cronista